El "fin del mundo" vs La Conflagración universal

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Lo sé: muchos estamos más que hartos del tema del Fin del mundo; tenemos muy claro que, para variar, es pura mercadotecnia gringa, y que unos idiotas sin talento se sintieron especialistas en cultura Maya y tuvieron la brillante idea de lucrar con su mala lectura de uno de los cinco calendarios. 

Recuerdo que mi maestra de Literatura maya, la hermosa y sabia Simonetta, se puso furiosa cuando se enteró de lo que estaban haciendo estos pseudoinvestigadores. Nos explicaba que, en primer lugar, los cinco calendarios tienen bases matemáticas más que finalidades proféticas; en segundo lugar, la coincidencia entre fechas (el 22 de diciembre y la fecha era de los mayas) no es tal porque, si bien empata en 4 ajau (13.0.0.0.0 o 12 * 144 000 días), no lo hace en el final de dicha cifra pues la fecha era termina en 8 kumkú, mientras el 22 de diciembre termina en 13 kan kin; en tercer lugar, lo único que sucede es un movimiento planetario que los mayas calcularon a partir del Calendario de Venus (el más exacto).

Y si ya sé todo esto, ¿cómo para qué escribir esta entrada? Sucede que estoy de vacaciones y tengo mucho tiempo libre, y además, gracias a algunas burlas y comentarios de tuiteros, recordé la idea de la creación y "destrucción" del mundo que tienen mis amados estoicos. Esto es la Conflagración universal. Esta teoría, parte fundamental de la física estoica, viene de Heráclito, y se parece bastante al Eterno retorno nitzscheano.

De acuerdo con los primeros estoicos (Zenón, Cleantes y Crisipo) el mundo está formado por los cuatro elementos (fuego, aire, agua, tierra). Pero estos cuatro elementos, a su vez, provienen de un fuego primigenio o proto fuego, aquel pricipio racional que crea, ordena y mantiene a todo el cosmos -no olvidemos que, para los estoicos, "Dios es otro modo de ser de la materia"-. Así, el fuego es el principio creador que condensa al universo, es el Logos inmanente y, como tal, está en cada cosa. 

Diógenes Laercio (VII 142), parrafraseando a Zenón, dice que "El universo nace cuando, a partir del fuego, la sustancia se transforma en humedad a través del aire. Luego, la parte espesa de éste, al condensarse, acaba por producir la tierra, y su parte ligera se vuelve aire; y éste, al tornarse más ligero todavía engendra el fuego. Después, al mezclarse, de ellos nacen plantas, animales y otros géneros [de entes]". 

Si así se crea el mundo, ¿cómo se "destruye"? Más que destruirse, se transforma -sí, como la materia y la energía, energía que aquí es material-.  En efecto, llega un momento determinado y cíclico en que todo se transforma en fuego. Esto lo explica muy bien Nemesio en su De natura hominis (38. 111, 14-112, 3): 

Dicen los estoicos que cuando los planetas regresan al mismo signo celeste (en largura y anchura) donde cada uno se encontraba originalmente al momento en que el mundo se formó, [entonces], en periodos de tiempo determinados, [los planetas] causan de nuevo la conflagración y destrucción de los seres que existen. Nuevamente el mundo vuelve al mismo estado que tenía al inicio y, cuando las estrellas se mueven de nuevo de la misma manera, cada uno de los seres que surgieron en los periodos pasados cumple con su cometido de manera indiscernible.

En efecto, Sócrates y Platón existirán de nuevo, y así mismo cada uno de los seres humanos, con los mismos amigos y conciudadanos: sufrirán las mismas cosas, encontrarán las mismas cosas, y pondrán su mano sobre las mismas cosas; y cada ciudad, pueblo y pedazo de tierra serán reconstruidos. La reconstrucción de todo sucede, no una vez, sino muchas, más bien, los mismos seres son reconstruidos un número infinito de veces y sin fin. No estando sujetos a ser destruidos, los dioses, gracias a su entendimiento de este periodo, conocen apartir de él, todo lo que será en los periodos subsecuentes.

En efecto, nada extraño habrá en comparación con lo que existió antes, sino que todo será de la misma manera, indiscerniblemente y hasta en los más mínimos detalles.
 
Lo más criticado de esta teoría es la afirmación, poco verosímil quizá, de que las cosas son exactamente iguales en todos y cada uno de los ciclos infinitos. Sin embargo, dicha afirmación es necesaria porque, si el siguiente mundo fuera distinto a éste, uno de los dos tendría que ser más perfecto que el otro, lo cual es imposible en un mundo creado, ordenado y mantenido por la razón universal. Es por ello que cada ciclo tiene como resultado un mundo perfecto. Y sé lo que están pensando: ¿Cómo puede ser perfecto un mundo en el que existen personas como Peña Nieto? La respuesta es bien simple: la perfección del Cosmos es aplicable al cosmos en conjunto. Es decir, Peña Nieto es una mierda, pero es sólo una parte del cosmos, no el cosmos entero. No es posible aplicar una opinión individual. Pero esto ya es una cuestión ética y escapa al tema de esta entrada. 
 Un aspecto fuerte de la teoría estoica de la Conflagración universal es que su carácter panteísta (pan: todo, teos: dios) rompe con la idea creacionista de un Dios superior, que con su mano toda poderosa lo hizo aparecer todo. Así, la teoría se vincula con la ciencia y -¿por qué no decirlo?- podría vincularse, incluso,  con el famoso BigBang puesto que se explica a través de un cambio constante de la materia que da como resultado la creación del cosmos a partir del fuego... Ya no es la causa eficiente de Aristóteles y de la teología cristiana, ni la causa puramente material de Epicuro; es una causa inmanente, una fuerza perfecta que atraviesa y rige el universo entero. 
 Pensar en el fin del mundo puede darnos entretenidos memes y pretextos para comentar en las redes sociales; a mí me sirvió para pensar en una teoría que puede ser rechazada o aceptada, pero que a mí, como estoicista, me encanta, porque si todas las cosas que me están pasando (en especial las malas) ya ocurrieron y ocurrirán infinitas veces, ¿para qué me preocupo? 
En fin, seguro me faltaron cosas que decir, pero para una entrada de blog me parece suficiente por ahora.  
 
 


A petición de Erik

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“Y EN EL ÚLTIMO TRAGO NOS VAMOS”

Este es mi último trabajo del semestre; no es reporte ni mapa, sino una reflexión. Y no tengo ni idea de cómo empezarlo. Podría hacer un resumen de los temas, o lisonjear a diestra y siniestra: clases bonitas, textos bonitos -¿textos bonitos? ¡Sí, claro!- Pero entiendo que lo que hay que hacer es decir qué nos dejo el curso, qué aprendimos en él.

Dejar y aprender son verbos muy complicados… Pero, bueno, empecemos: el curso me dejó un sabor agridulce en la boca, un montón de palabras inconexas en la mente y una necesidad de ser y hacer “algo nuevo”. Fue como un juego mecánico: la expectativa del primer día (subir despacito), el primer texto (descender con el primer golpe de realidad), ir y venir entre un desencanto constante y un anhelo de acción y ruptura. Después, adentrarse en un mundo distinto (aunque siempre conectado con los otros) en cada lectura. Recuerdo que necesité un abrazo, que nadie me dio, después de conocer a Emma Bovary. Entonces llegó Lukács y ahí sí sentí el mareo de la montaña rusa, porque, con todo y que tenía el diccionario de filosofía al lado, yo leía y releía para entender, cada vez, una cosa que nada tenía que ver con la anterior. Con las demás lecturas pasaron cosas similares, aunque no del todo: Harry casi me tira por la ventana las ideas que me obsequiaron mis amados estoicos; Novalis me llevó a mis adentros un rato, adentros menos bellos y más confusos pero tan divinos y humanos como los suyos; ¿y Werther? Amor a tercera vista: si antes lo quería porque lo que entendía, ahora lo amo por lo que no entendí, y que, sin embargo, ahora veo como problema propio.

Y es que yo tenía una visión en exceso plana y lineal de la literatura. Es decir, la visión que le dan a uno desde que entra a la carrera: el estudio de Fulano, el análisis de Mengana. Pero no se tarta sólo de eso. Pensar que la literatura puede encerrarse en sí misma, a estas alturas del partido, es condenarla a la extinción. La literatura es parte de nosotros como individuos, pero también como sociedad, como algo que actúa y algo que padece. Lo que esculpe y lo que rompe, lo que grita y lo que calla, todo, absolutamente todo tiene que ver con nuestro aquí y ahora; y negarlo es empobrecerla. Esto último, respecto a lo que aprendí.
Pero hay algo más que quiero decir, una última cosa. Gracias a uno de los comentarios del profesor, leí Conversación en La Catedral. Fue toda una experiencia, porque pasé de tener un “reconocimiento ontológico” -término en exceso teórico, pero muy útil- con uno de los protagonistas, Santiago Zavala, a tener el mismo reconocimiento con el autor, Mario Vargas Llosa. Cada que leía las dudas de Zavalita, sus conflictos entre ser o no ser burgués, cholo, comunista, editor; cada que lo veía enfrentarse al muro de la dictadura odrista del ochenio (queriendo actuar sin saber cómo hacerlo), lo veía junto a mí, frente a mí en un espejo enmarcado por su “jodido Perú”, mi jodido México y nuestras jodidas sociedades.
Fue difícil, porque la estructura circular de la novela, su construcción, su veracidad y su realidad, hacían imposible un “final feliz”. Y es que, lamentablemente, nuestra situación sociopolítica no fue ni es ni será simplemente feliz. En ese sentido, inició el reconocimiento con Vargas Llosa, y terminó cuando, buscando bibliografía para un ensayo sobre la novela, di con un libro llamado Mario Vargas Llosa. Literatura y política. En él, hay un texto del propio Vargas Llosa: “Literatura y política dos visiones del mundo”. Dicho texto habla del camino recorrido por el peruano y sus novelas: sus inicios en la literatura comprometida, el fracaso de sus proyectos, su desencanto respecto a Sartre y, lo más importante, la visión que el tiempo y la experiencia le dieron de la relación entre literatura y política: “la literatura no debe ser política, no debe ser sólo política, aunque es imposible para una buena literatura no ser también –y subrayo ‘también’- política. Es decir, dar cuenta de la problemática social, del debate sobre los problemas de común, los problemas compartidos y su solución”.
Y si me detengo tanto en esto último es porque el texto amplía –aún no sé cómo sucedió, pero mis estoicos lo llamarían “Simpatía universal”-, perfecciona y describe mis sensaciones, aprendizajes y consideraciones finales del curso. Sé que no es una lectura del programa, pero, para estos efectos, no necesita serlo.

Para terminar (e irme a dormir): el curso no sólo me dejó los números de los créditos y la calificación: me dejó un enfoque nuevo para pensar y actuar, mucho que leer y, sobre todo, mucho, mucho que hacer.



Las penas del joven Werther (o sobre el libro que leí por tercera vez)

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Más de una vez he deseado no despertar al día siguiente; más de una vez he querido sentir ese “deseo romántico” de “morir por amor”. Pero no fue hasta ahora, en mi tercera lectura de Las penas del joven Werther, que he notado el hecho de que más de una vez he vivido un conflicto entre mis deseos, ideas, apetitos, costumbres, razones, sensaciones y acciones.

 Porque, al hablar de la novela de Goethe, es muy fácil decir “se trata de un individuo que se suicida por amor, por el rechazo de su amada”. Pero, al establecer el diálogo con el texto, uno se pregunta ¿el suicidio de Werther es causado únicamente por el desamor? Mi respuesta es no. El suicidio de Werther implica más que desamor: representa la respuesta -¿equivocada?, ¿acertada? ¿Quién puede decirlo?-  ante la problemática de toda una generación que se enfrenta a los cambios, conflictos y desazones de su época. En otras palabras, Werther se suicida porque no consigue rebelarse contra lo establecido, contra su destino.

Hablemos del conflicto. Werther se mueve en dos polos. Educado en las ideas neoclásicas, tiene un conocimiento abarcador de ciencias, artes y oficios, lee a Homero; y, sin embargo, adopta la resolución de atenerse “únicamente a la naturaleza”; desea “elevar [su] alma por encima de sí misma”, para trascender lo cotidiano y sentir “una gota del ser que crea todas las cosas en sí mismo y por sí mismo”. Por otra parte, critica el exceso de mesura y el racionalismo utilitario y frío: “¡Oh, mentes razonables! […] Me he embriagado más de una vez, la locura se ha enseñoreado en ciertos momentos de mis pasiones, pero no me arrepiento ni de una ni de otra. […] Incluso ahora no es raro que se oiga decir, casi siempre, acerca de una noble, generosa acción, que quien la ha realizado está loco o borracho. ¡Avergonzaos, hombres tibios! ¡Avergonzaos, hombres sensatos!”.  Pese a ello, no se atreve a romper con lo establecido, no es capaz, simplemente de deshacer el vínculo entre él y su sociedad. Así, tras la humillación recibida en casa del Conde, confiesa: “digan lo que quieran de la firmeza; quisiera ver quién es capaz de sufrir que le critiquen los cretinos que hallen motivo para vituperarle”. Estamos ante un joven enamorado que no quiere caer en la sinrazón absoluta, pero se resiste a negar las aspiraciones de su alma y su corazón.

¿Y el destino? Al principio de la obra, el protagonista ve a su destino como algo incierto, distante, desconocido. Después asume que este destino, al igual que el del resto de los hombres, puede ser lo peor o lo mejor, pero decide desafiarlo a través del amor, la dicha y el placer: “el sol, la luna y las estrellas pueden obrar a su capricho […]. Sea cual fuere el destino que me aguarda, nunca podré decir que no he sentido las alegrías y los placeres más puros de la vida”. Sin embargo, ante la llegada de Alberto y su boda con Carlota, la visión del destino tiende hacia el fatalismo, y la dicha se ve distante, irrecuperable. Werther no está dispuesto a enfrentarse a Alberto y a los demás por el amor de Carlota. Incluso se reprime en la medida de lo posible. Como consecuencia, es incapaz de arriesgarlo todo por lo que anhela, pero no puede dejar de desearlo. Esto, junto con los otros conflictos, es lo que lo arrastrará a la desesperación y el suicidio.
Aquí hay que notar dos cosas: 1) antes de decidir dispararse, Werther tiene deseos de ir a morir a la guerra, pero es disuadido por su amigo el príncipe y escribe de éste “Sus razones fueron tan sólidas que negarle a escucharle hubiese sido más terquedad que capricho por mi parte”. Y 2) la humillación de pedir el arma homicida a su rival, de no morir en el primer intento y agonizar frente Carlota no puede ser gratuita; a mí me parece una forma más en la que se manifiesta la imposibilidad de Werther de obtener lo que desea, puesto que ni su suicidio pudo ser lo que planeó.

Las penas del joven Werther es, en definitiva, una novela que debe ser leída con ojos críticos para evitar quedarnos sólo con la historia del joven que se suicida por amor. El problema que plantea es más reciente y más profundo que lo que pudiera pensarse en una primera lectura. Puesto que, actualmente, aún seguimos suspendidos entre el rechazo hacia nuestras sociedades degradadas y sus valores comerciales, y la imposibilidad de romper todo vínculo y abandonar lo que siempre hemos anhelado y aprendido.


MARÍA, ¿LA HEROÍNA ROMÁNTICA?

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                                                                                     Mujer, si te han crecido la ideas
de ti van a decir cosas muy feas,
que no eres buena, que si tal cosa…
que cuando callas te ves mucho
 más hermosa…
(Gloria Martín)

INTRODUCCIÓN

Sobre un texto se pueden hacer muchas preguntas, pero la primera, la que desencadena todo análisis y crítica se reduce a dos palabras: ¿Nos gustó?.. En efecto, preguntarnos esto sobre una obra nos lleva inmediatamente a responder a un segundo cuestionamiento: ¿por qué?

En lo personal –sin que necesariamente lo personal corresponda a lo subjetivo-, María, la novela romántica de Jorge Isaacs, no me gustó. Hace años leí Werther y me encantó, por lo que esperaba un resultado similar con la novela del colombiano, pero “algo” pasó y confieso que terminar de leer María exigió un esfuerzo de mi parte. Estuve preguntándome un largo rato acerca del porqué de mi rechazo hacia la novela. Ciertamente, comparte elementos fundamentales del Romanticismo con la obra de Goethe (las descripciones de la naturaleza en comparación con los estados anímicos del personaje, el amor a la cultura clásica), incluso aporta otros muy interesantes (como las famosas descripciones costumbristas). Tras escuchar los comentarios en clase, supe el motivo de mi desagrado: el personaje de María. Pero, me pregunté de nuevo, ¿por qué no me gusta la heroína romántica, tan parecida en Isaacs y Goethe? No me gusta, porque responde a un estereotipo de lo femenino y, como tal, carece del rasgo esencial del héroe romántico: la individualidad. María no es una heroína –en especial si se le compara con un héroe-; es un ideal sexista que provoca, y con razón, el rechazo de toda mujer que se asuma como tal.  Es por ello que en este trabajo vamos a hablar,  en primer lugar, de la mistificación en la obra de Isaacs; después, y para  comparar, daremos una definición de héroe romántico, sin olvidar, claro está, las consideraciones finales.

Cuando decimos que el personaje de María es un estereotipo, es necesario indagar sobre el proceso mediante el cual se crea dicho estereotipo. ¿Quién lo elabora? ¿Cómo lo elabora? ¿Por qué lo elabora? Los grupos dominantes de cada sociedad construyen interpretaciones sobre su medio ecológico así como sobre su realidad social. Esto se hace mediante la mistificación (esquema de ideas o doctrina alrededor de una persona o personas, dotándola de un valor o sentido profundo)[1] que, en sus formas más significativas, intenta justificar, racionalizar y legitimar los datos socio-culturales. Así, se crea un modelo de acción por medio del cual el grupo dominante proporciona los contenidos simbólicos de la dominación para garantizar mejor la defensa de sus intereses[2].  Si trasladamos esto a la situación de “lo femenino” veremos que el fin último de este complicado proceso es impedir una toma de conciencia respecto a los daños que provoca el sexismo, y mantener el status quo de la situación. De esto resultan los papeles asignados tradicionalmente a las mujeres: el de reproductora, trabajadora doméstica,  encargada del cuidado infantil y objeto erótico[3].

Para ver como Isaacs crea el estereotipo femenino del que hablamos, vamos a analizar seis capítulos de su obra (11-16 y 23). Lo haremos así, porque el modelo aparece en toda la obra, y no son necesarios más que unos cuantos capítulos.
Efraín, ama a María porque además de ser hermosa, “había en su rostro […] tal aire de noble, inocente y dulce resignación”[4]; y todo ello la “divinizaba”. Si a esto le añadimos la comparación que uno de los personajes (Tránsito) hace entre María y la Virgen de la Silla -sin contar la obviedad del nombre de la “heroína” de la novela- tendremos al modelo de la virtud femenina por excelencia: la Virgen María. Con algunas variantes, este es el estereotipo del que hablamos. Sin embargo, existe un modelo más, uno negativo que se da en función del otro: el de la prostituta. Pero de esto trataremos más adelante.

Comencemos con la belleza física de María. De acuerdo con Graciela Hierro, los únicos modelos tradicionales estimados para la mujer son la madre, la esposa y el objeto erótico: la mujer joven y bella. La belleza se idealiza de manera diferente en cada sociedad, pero, en todas, es capaz  de conferir un valor a las mujeres. Los ideales de belleza femeninos se realizan a través de la posesión de cualidades poco frecuentes; y esto tiene una clara función política: se intenta eliminar –de la función valorizante- a todas las mujeres que no se adhieran al modelo requerido. Con este procedimiento se elimina la individualidad femenina, la cual se conforma en un patrón ideal. En esta forma se elimina la disidencia, al eliminar la individualidad[5]. En efecto, es  difícil que la mayoría de las mujeres tengan los rasgos con que Isaacs retrata a María. Sin embargo, como buen romántico, Efraín no se enamora únicamente del exterior de María, sino de una serie de rasgos que la vinculan a la religión católica -que es, dicho sea de paso, una de las instituciones que se constituye como baluarte de la mística femenina-  y a la representación de la Virgen. Aunque la Virgen María es todo un tema, podemos decir  que se caracteriza por ser “una frágil y sutil figura que, siempre inmóvil, ajena al bullicio, a la vitalidad, a la desmesura y a los amoríos legendarios que nutrieron la mitología y la tragedia”; se representa “como la gracia por excelencia, el rostro de la sabiduría, el silencio y, sobre todo, la misericordia”; y se conduce de forma “humilde, obediente al mandato supremo […] con la docilidad que durante siglos ha servido de modelo de la perfecta sumisión cristiana”[6]. Por su parte, María, la “heroína”, es, como la madre y la hermana de Efraín, una mujer devota que lee Genio del Cristianismo; con una sonrisa “castísima”; “ella tan cristiana y tan llena de fe se regocijaba al encontrar bellezas por ella presentidas en el culto católico” (cap. 13).  Por otra parte, la característica principal de la Virgen, y por tanto de María, es ser madre. Aunque, el personaje de Isaacs no tiene hijos, la vemos cuidar amorosamente a un niño desde el capítulo 10. En este sentido, la mistificación surge de la divinización de principio femenino reproductor que evoluciona a una mística desacralizada, donde ya no se venera a las deidades de signo femenino, sino al principio reproductor encarnado en las mujeres concretas. A partir de ahí, se desarrollan los llamados valores femeninos de pasividad, docilidad, pureza e ineficacia a los cuales se les confiere un significado profundo, cuando en realidad no son más que rasgos negativos y el instrumento de manejo ideológico de la mujer; en efecto, si se tratara de valores humanos, deberían ser compartidos también por los hombres[7].
Todavía queda pendiente hablar del estereotipo que se antepone al de la madre, que no es otro que el de la prostituta. Y, en efecto, ésta hace su aparición, aunque sea de forma velada, a penas mencionada en algunas frases. En el capítulo 23, cuando Efraín, María, Carlos y Emma se encuentran en el salón, y Carlos, con cierta malicia, menciona a una bailarina de nombre Matilde. Y, pese a que nada se dice en concreto, basta una pregunta de Carlos para adivinar sobre qué se está hablando: “¿Y aquel lance joco-serio que tuvo lugar entre los dos, en casa de la señora..?” Matilde, la mujer con la que Efraín tuvo que ver y de la cual se avergüenza ante María, se opone a ésta desde el principio de la escena: no sólo baila, sino que da clases a los hombres, hombres que pueden tener algo “joco-serio” con ella si lo desean. La prostituta es el polo negativo de “lo femenino”. El enfrentamiento produce en la prostituta un sentimiento de interiorización mayor al de la madre, puesto que no posee los privilegios de la mujer “decente”.




Es tiempo de hablar del héroe romántico. Para el romántico, que rechaza la relatividad de los valores que el mundo de su tiempo le ofrece, ninguno de sus actos debe estar guiado por el absurdo y la gratuidad. Su conciencia, dolorosamente, adquirida al pertenecer a un mundo espiritualmente superior, que necesariamente se halla convulsionando por las grandes pasiones y en contraposición al mundo inferior y mediocre de los que se consuelan en la resignación y en la miseria idolátrica. Para el héroe lo que da alas a la voluntad y la hace volar más allá del desfiladero de la desesperación es, precisamente, esta percepción absoluta de la propia condición. Posee en alto grado los principios universales y atemporales del Yo heroico. Rasgo principal y punto de partida del Yo romántico es su apercibimiento profundo de la condición mortal del hombre: el insuperado sentimiento de muerte, más allá de toda esperanza, preside el alma romántica. Por otro lado está la belleza. En la belleza y el amor encuentra el héroe el campo de pruebas idóneo para volcar su afán de infinitud. La pasión amorosa y la pasión estética del romántico son los frutos directos de su ansia de acción.[8]

Si pensamos en Efraín a la luz de lo anterior –única forma de hacerlo, puesto que es un típico héroe romántico-, no es difícil ver la diferencia abismal  que existe entre él y María. Ella no rechaza los valores de su tiempo: los sigue y respeta; se consuela con la resignación y la misericordia; no tiene una voluntad, por lo memos no una evidente; y, como veíamos más arriba, María no tiene una tendencia hacia lo individual.
En otras palabras,  al contrario de María, un héroe es aquel que posee grandes cualidades humanas, todas ellas nobles y que lo reafirman como individuo.




Una vez hecho lo anterior, es hora de hablar de conclusiones o consideraciones finales. Es evidente que así como en una realidad sexista no es lo mismo hablar de hombres y de mujeres, en la literatura no es lo mismo hablar de héroes que de heroínas. En ese sentido, la heroicidad de la mujer en María no sólo queda en entre dicho, sino que no existe. Es cierto que las mujeres y los hombres no tienen las mismas cualidades, pero esto no quiere decir que se pueda hablar de una superioridad, y mucho menos que justifica que se someta a la mujer a estereotipos que le reprimen todo intento de individualidad.
Claro está que María es literatura, es ficción. Sin embargo, la influencia recíproca del arte y la sociedad es mucho mayor de lo que se suele pensar. De ahí que los personajes literarios heroicos (y no heroicos) no sólo expresen la sociedad en que surgieron, sino también nos dejan saber algo de aquellas que los adoptan.[9]

Al final, debo confesar que me resulta triste saber que no podré leer una novela romántica de la misma forma. Ni siquiera me atrevo a releer Werther.


FIN

UNAM/FFYL













BIBLIOGRAFÍA:

DIRECTA:

ISAACS, Jorge, María. Buenos Aires, Editorial Andina, 1967.


INDIRECTA:

ARGULLOL, Rafael, El Héroe y el Único. Barcelona, Destino, 1990.

BÚXO REY, María de Jesús, Antropología de la mujer. Barcelona, Anthropos, 1978.
HIERRO, Graciela, Ética y feminismo. México, UNAM, 1986.

RIVERO WEBER, Paulina, Se busca heroína. México, ITACA, 2009.

ROBLES, Martha, Mujeres, mitos y diosas.  México, CONACULTA, FCE, 1960.

















[1] Graciela HIERRO, Ética y Feminismo. p. 11.
[2] María de Jesús BUXÓ REY, Antropología de la mujer. p. 89.

[3] Graciela HIERRO, Op. cit. p. 12.
[4] Jorge ISAACS, María. p. 27.
[5] Graciela HIERRO, Op. cit. p. 38
[6] Martha ROBLES, Mujeres, mitos y diosas. pp. 226, 227.
[7] Graciela HIERRO, Op. Cit. p. 20.
[8] Rafael ARGULLOL, El Héroe y el Único  pp- 371-380.
[9] Paulina RIVERO WEBER, Se busca heroína. p. 34. 

La UNAM y los ¿rechazados?

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Uno de los temas en algunas redes sociales (ya saben cuales) el día de hoy son los llamados rechazados de la UNAM. Las opiniones son varias, pero hubo una de @dianarual que -por decirlo de buena forma- motivo esta entrada. La señorita Diana Laura dice: "No son rechazados de la UNAM, son los reprobados. Selección natural, así de simple". No sé que me sorprendió más: la indiferencia de esta persona ante quienes se quedarán sin poder estudiar o la forma pseudointelectual de explicarlo. Y no es que quiera atacar a alguien que no conozco, pero no puedo negar que actitudes como esa indignan. Entiendo que hay un número de aciertos necesarios para acceder a cierta carrera, entiendo que unos los obtienen y otros no; sin embargo, debemos tener presente que, al incrementar la demanda de lugares anualmente, el número de aciertos también aumenta.
Entonces, el problema es más grave que simplemente afirmar si alguien "estudio lo suficiente" o no. Viene de más atrás, de más arriba (como la lava que arrasa los campos) y quiere ir más adelante. Viene de atrás porque antes de juzgar la falta de conocimientos de una persona es necesario preguntar de dónde viene. Desde hace algún tiempo, los maestros de primarias y secundarías públicas tienen la obligación de pasar a los alumnos sin importar si su rendimiento lo permite o no. ¿Qué quiere decir esto? Sencillo: así lleguen a sexto de primaria sin saber leer, o a 3ero de secundaria sin saber dividir, los alumnos aprueban los cursos para que la SEP pueda jactarse de sus números falsos. Es, a todas luces, una educación mediocre. Después los jóvenes, que intentan seguir estudiando, hacen su examen para la preparatoria, ¿y qué sucede? ¡Oh sorpresa! La mayoría de los que vienen de escuela pública y no puede pagarse cursos de regularización de seis mil pesos reprueban. Y así seguimos: muchos que no pueden entrar a CCH, Prepa o Voca, van a preparatorias oficiales con planes de estudio mediocres o, si les va "mejor", a caras escuelas de paga que no tienen el nivel suficiente. De esta manera, el hecho de que  muchos no puedan aprobar un examen de ingreso no resulta tan sorprendente. Esto de ninguna manera es una casualidad. "Los de arriba" saben perfectamente que alguien sin educación es un obrero más, y eso es lo que quieren: gente que trabaje, que no piense, que no cuestione, que no se prepare para enfrentarlos.

Permitir esta situación o peor aún asumirla como simple "selección natural" entre inferiores y superiores -¿acaso Hitler no estaba muerto?- sólo demuestra que la ética y la preocupación por el otro están más que muertas. Universitarios en general y estudiantes de la UNAM en particular, les pregunto ¿alguna vez tomaron una clase de ética? ¿Les dijeron sus maestros que es mejor actuar a favor de los demás que criticarlos? No entiendo como es posible que un universitario puede expresarse con desdén y burla de un ser humano que tiene los mismos derechos de superarse por él. ¿Acaso el famoso "Por mi raza hablará el espíritu"  usa la palabra 'raza' sólo para referirse a los superiores que estudian en la UNAM?