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A petición de Erik

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“Y EN EL ÚLTIMO TRAGO NOS VAMOS”

Este es mi último trabajo del semestre; no es reporte ni mapa, sino una reflexión. Y no tengo ni idea de cómo empezarlo. Podría hacer un resumen de los temas, o lisonjear a diestra y siniestra: clases bonitas, textos bonitos -¿textos bonitos? ¡Sí, claro!- Pero entiendo que lo que hay que hacer es decir qué nos dejo el curso, qué aprendimos en él.

Dejar y aprender son verbos muy complicados… Pero, bueno, empecemos: el curso me dejó un sabor agridulce en la boca, un montón de palabras inconexas en la mente y una necesidad de ser y hacer “algo nuevo”. Fue como un juego mecánico: la expectativa del primer día (subir despacito), el primer texto (descender con el primer golpe de realidad), ir y venir entre un desencanto constante y un anhelo de acción y ruptura. Después, adentrarse en un mundo distinto (aunque siempre conectado con los otros) en cada lectura. Recuerdo que necesité un abrazo, que nadie me dio, después de conocer a Emma Bovary. Entonces llegó Lukács y ahí sí sentí el mareo de la montaña rusa, porque, con todo y que tenía el diccionario de filosofía al lado, yo leía y releía para entender, cada vez, una cosa que nada tenía que ver con la anterior. Con las demás lecturas pasaron cosas similares, aunque no del todo: Harry casi me tira por la ventana las ideas que me obsequiaron mis amados estoicos; Novalis me llevó a mis adentros un rato, adentros menos bellos y más confusos pero tan divinos y humanos como los suyos; ¿y Werther? Amor a tercera vista: si antes lo quería porque lo que entendía, ahora lo amo por lo que no entendí, y que, sin embargo, ahora veo como problema propio.

Y es que yo tenía una visión en exceso plana y lineal de la literatura. Es decir, la visión que le dan a uno desde que entra a la carrera: el estudio de Fulano, el análisis de Mengana. Pero no se tarta sólo de eso. Pensar que la literatura puede encerrarse en sí misma, a estas alturas del partido, es condenarla a la extinción. La literatura es parte de nosotros como individuos, pero también como sociedad, como algo que actúa y algo que padece. Lo que esculpe y lo que rompe, lo que grita y lo que calla, todo, absolutamente todo tiene que ver con nuestro aquí y ahora; y negarlo es empobrecerla. Esto último, respecto a lo que aprendí.
Pero hay algo más que quiero decir, una última cosa. Gracias a uno de los comentarios del profesor, leí Conversación en La Catedral. Fue toda una experiencia, porque pasé de tener un “reconocimiento ontológico” -término en exceso teórico, pero muy útil- con uno de los protagonistas, Santiago Zavala, a tener el mismo reconocimiento con el autor, Mario Vargas Llosa. Cada que leía las dudas de Zavalita, sus conflictos entre ser o no ser burgués, cholo, comunista, editor; cada que lo veía enfrentarse al muro de la dictadura odrista del ochenio (queriendo actuar sin saber cómo hacerlo), lo veía junto a mí, frente a mí en un espejo enmarcado por su “jodido Perú”, mi jodido México y nuestras jodidas sociedades.
Fue difícil, porque la estructura circular de la novela, su construcción, su veracidad y su realidad, hacían imposible un “final feliz”. Y es que, lamentablemente, nuestra situación sociopolítica no fue ni es ni será simplemente feliz. En ese sentido, inició el reconocimiento con Vargas Llosa, y terminó cuando, buscando bibliografía para un ensayo sobre la novela, di con un libro llamado Mario Vargas Llosa. Literatura y política. En él, hay un texto del propio Vargas Llosa: “Literatura y política dos visiones del mundo”. Dicho texto habla del camino recorrido por el peruano y sus novelas: sus inicios en la literatura comprometida, el fracaso de sus proyectos, su desencanto respecto a Sartre y, lo más importante, la visión que el tiempo y la experiencia le dieron de la relación entre literatura y política: “la literatura no debe ser política, no debe ser sólo política, aunque es imposible para una buena literatura no ser también –y subrayo ‘también’- política. Es decir, dar cuenta de la problemática social, del debate sobre los problemas de común, los problemas compartidos y su solución”.
Y si me detengo tanto en esto último es porque el texto amplía –aún no sé cómo sucedió, pero mis estoicos lo llamarían “Simpatía universal”-, perfecciona y describe mis sensaciones, aprendizajes y consideraciones finales del curso. Sé que no es una lectura del programa, pero, para estos efectos, no necesita serlo.

Para terminar (e irme a dormir): el curso no sólo me dejó los números de los créditos y la calificación: me dejó un enfoque nuevo para pensar y actuar, mucho que leer y, sobre todo, mucho, mucho que hacer.



La UNAM y los ¿rechazados?

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Uno de los temas en algunas redes sociales (ya saben cuales) el día de hoy son los llamados rechazados de la UNAM. Las opiniones son varias, pero hubo una de @dianarual que -por decirlo de buena forma- motivo esta entrada. La señorita Diana Laura dice: "No son rechazados de la UNAM, son los reprobados. Selección natural, así de simple". No sé que me sorprendió más: la indiferencia de esta persona ante quienes se quedarán sin poder estudiar o la forma pseudointelectual de explicarlo. Y no es que quiera atacar a alguien que no conozco, pero no puedo negar que actitudes como esa indignan. Entiendo que hay un número de aciertos necesarios para acceder a cierta carrera, entiendo que unos los obtienen y otros no; sin embargo, debemos tener presente que, al incrementar la demanda de lugares anualmente, el número de aciertos también aumenta.
Entonces, el problema es más grave que simplemente afirmar si alguien "estudio lo suficiente" o no. Viene de más atrás, de más arriba (como la lava que arrasa los campos) y quiere ir más adelante. Viene de atrás porque antes de juzgar la falta de conocimientos de una persona es necesario preguntar de dónde viene. Desde hace algún tiempo, los maestros de primarias y secundarías públicas tienen la obligación de pasar a los alumnos sin importar si su rendimiento lo permite o no. ¿Qué quiere decir esto? Sencillo: así lleguen a sexto de primaria sin saber leer, o a 3ero de secundaria sin saber dividir, los alumnos aprueban los cursos para que la SEP pueda jactarse de sus números falsos. Es, a todas luces, una educación mediocre. Después los jóvenes, que intentan seguir estudiando, hacen su examen para la preparatoria, ¿y qué sucede? ¡Oh sorpresa! La mayoría de los que vienen de escuela pública y no puede pagarse cursos de regularización de seis mil pesos reprueban. Y así seguimos: muchos que no pueden entrar a CCH, Prepa o Voca, van a preparatorias oficiales con planes de estudio mediocres o, si les va "mejor", a caras escuelas de paga que no tienen el nivel suficiente. De esta manera, el hecho de que  muchos no puedan aprobar un examen de ingreso no resulta tan sorprendente. Esto de ninguna manera es una casualidad. "Los de arriba" saben perfectamente que alguien sin educación es un obrero más, y eso es lo que quieren: gente que trabaje, que no piense, que no cuestione, que no se prepare para enfrentarlos.

Permitir esta situación o peor aún asumirla como simple "selección natural" entre inferiores y superiores -¿acaso Hitler no estaba muerto?- sólo demuestra que la ética y la preocupación por el otro están más que muertas. Universitarios en general y estudiantes de la UNAM en particular, les pregunto ¿alguna vez tomaron una clase de ética? ¿Les dijeron sus maestros que es mejor actuar a favor de los demás que criticarlos? No entiendo como es posible que un universitario puede expresarse con desdén y burla de un ser humano que tiene los mismos derechos de superarse por él. ¿Acaso el famoso "Por mi raza hablará el espíritu"  usa la palabra 'raza' sólo para referirse a los superiores que estudian en la UNAM?


Sobre un sueño

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que toda la vida es sueño
y los sueños, sueños son. 
Calderón de La Barca


Quiero hablar de un sueño, pero no de cualquier sueño, quiero hablar de un sueño mío muy reciente y muy vivo, muy importante para mí. No sé una mierda del psicoanálisis de los sueños, tampoco sé qué es lo que las personas racionales dicen sobre el soñar. Pero no necesito de todo ello para narrarles un sueño, ¿o sí? 

El sueño es éste: mi profesor de filosofía, que es alguien a quien admiro y quiero bastante, venía a mi casa, una casa que no era mi casa (era más amplia y luminosa) pero que yo identificaba como mi casa. Comíamos y hablábamos por horas. Pero yo invité a Gustavo, mi profesor, porque quería que me dijera qué fui en mi otra vida, y lo hizo; me dijo: fuiste un escarabajo negro. Lo primero que hice al despertar fue tomar el celular  para contarle a Gustavo que soñé con él. Unos días después me respondió y  le conté el sueño. Yo no le di mucha importancia al asunto; supuse que se debía a que por aquellos días estuve pensando en él. 

Pero la importancia no depende tanto de los juicios como de los hechos en sí mismos. Explico: resulta que en su último mensaje, Gustavo me preguntó por los detalles del sueño, en especial por el escarabajo, dijo que respondiera y que después me explicaría. Esperé unos días sin que mi profe me dijera más, estaba cada vez más intrigada por su reacción. Así que me fui al sagrado Oráculo de Google, y una de las primeras páginas que apareció es la siguiente:  http://www.institutoestudiosantiguoegipto.com/escarabajo_sagrado.htm 

Habla, a grandes rasgos, del escarabajo pelotero (que es de color negro): 

Al observar al escarabajo pelotero, ateuchus sacer, quien empujaba y hacía rodar una bola pequeña de estiércol dentro de una grieta apropiada, donde las hembras amasaban los fragmentos que se convertían en reservas alimenticias y en donde eran incubados sus huevecillos bajo su protección y calor, los egipcios creyeron ver el renacer de la vida (por el acto de empujar cada día al sol de levante, simbolizado por la bola de estiercol). El escarabajo fue divinizado debido a que el sol, relacionado con él, era la más importante de las deidades egipcias;  los sacerdotes se identificaron con aquello que representaba el escarabajo, pensando en convertirse a sí mismo en símbolos de vida y regeneración.


No pude evitar vincular el simbolismo del escarabajo pelotero con mi sueño. Sobre todo porque nunca había oído sobre tal significado, ni siquiera tenía claro cómo son los escarabajos peloteros. Sé que esto puede ser llamado 'casualidad' por cualquiera, y está bien. Pero sucede que yo no creo en las casualidades. Para mí, y mal-citando a Aristóteles, la casualidad y el azar son aquellos efectos cuyas causas se desconocen y/o no pueden ser comprendidas por los humanos. Pienso que  mi sueño tiene tras de sí algo más grande que yo,y eso me emociona, porque lo cierto es que nuestro positivismo de feria nos hace negar todo aquello que "la ciencia no puede probar"; una visión tediosa y reducida, si me lo preguntan. 








Hoy no deseo hablar de política.

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Hoy no deseo hablar de política. Y no es indiferencia, porque al fin y al cabo escribir la palabra 'política' -ya van tres veces que escribo esta palabra- es hablar de política -cuatro. Pero no quiero, y si no quiero -aunque lo haga- es porque me siento algo cansada. Quisiera hablar de amor; contar la bella historia de un mundo de hombres y mujeres felices y su materialización de la "Edad de Oro"; un mundo de Quijotes y Dulcineas inmortales, de libros libres y filosofías en las calles. Quisiera que no existieran los fraudes, los asesinatos, las mentiras,  la gente engañada y los movimientos al borde de la extinción. Pero acá me tienen, pensándola y escribiéndola pese a mi negativa de hacerlo.

Supongo que es inevitable, ya saben eso de querer un país -¿un mundo?- menos mierda. Porque, a menos que se tenga una especie de anormalidad bioquímica, todos somos capaces de sentir el dolor, tanto el propio como el ajeno; y la situación actual nos lo brinda por montones. Y sin embargo estoy aquí tratando de hablar de otra cosa. Sucede que hoy, precisamente hoy, en medio del caótico panorama electoral mexicano, me llega información de todo tipo: la que desinforma, la que engaña descaradamente, la que manipula, la que se finge objetiva, la que busca con desesperación llegar con la verdad a los ojos y oídos de todos para que "algo" bueno surja de la conciencia colectiva... Yo me siento abrumada. El optimismo de días anteriores se me escapa lentamente, y yo me aferro a uno de sus últimos hilos, pero es tan delgado, tan frágil.

Por eso no quiero hablar de política -cinco-, porque me desalienta ver que cualquier pequeño-burgués (tenga o no tenga los recursos) dice cosas como "es mejor que regrese el PRI. Ellos van a pactar con los narcos, ellos dejan robar", "yo no quiero un país en el que cualquier huevón pueda ganar los nueve mil pesos que gano". Entonces uno, apasionado e iluso les contesta "pero, no se trata sólo de tu dinero, estamos hablando de un partido que roba elecciones, que saquea el país, que mata estudiantes", y ellos te responden como contestadoras automáticas, o periquitos, repitiéndote lo que escuchaste en la mañana en boca de uno de esos acarreados sin idea del amor a la verdad y a los demás. También me pone triste que mi madre le crea más a la tele que a mí, que muchos juzguen  como a un imbécil a quien tiene el "sueño" de hacer algo por y para los demás, antes de ver sus propuestas y escuchar lo que tiene que decir.

¿Por qué ese miedo al cambio? ¿Por qué esa resignación, esa pasividad? ¿Por qué esforzarse tanto en atarse las manos, teniendo la boca, las orejas y los ojos descubiertos? ¿O será que estoy preguntando mal?
¿Será, acaso, que en verdad la "minoría" que grita estar "hasta la madre" esta equivocada? Sí, quizá sea eso; quizá el mundo es una irremediable y enorme mierda, y no tiene sentido ver por nadie que no sea uno mismo, los amigos y familiares más cercanos; quizá es tiempo de dejar de soñar con despertar (¿o soñar despierto?) y dedicarse a dormir embrutecido por el canto de las sirenas sintéticas, envenenado por los químicos, enamorado del amor fingido; quizá uno deba olvidar el deber, la ética, el amor, la libertad; quizá uno deba sentarse en el lugar menos inseguro posible a ver como le montan un enorme circo en frente...

Por eso no me gusta hablar de política, porque la política -siete: número divino- enfrenta el sueño de unos (que deberían ser los más) y las ambiciones de unos pocos (el 1% de aquellos miserables sin la menor idea de lo que es ser un humano).

Una clase en FFyL

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Por eso quería contarte lo de mi clase de El Quijote. Fue, como te dije, hermosa. Aurelio empezó por hablar de la novela de una forma convencional, hasta que nos pregunto: “¿Recuerdan esas épocas de secundaria, cuando se enamoraron de alguien y jamás se lo dijeron; cuando él, o ella, les parecía Dulcinea, aunque el mundo les dijera que era Aldonsa Lorenzo? ¿Recuerdan a aquellas personas que ya no están pero que alguna vez les hablaron una Edad de Oro donde todo era de todos?” Me es difícil reconstruir todo lo que dijo, porque después de la primera pregunta ya empezábamos a llorar. Y sé que por escrito no parece gran cosa, pero oír a Aurelio hablando de El Quijote como “un libro que debe ser prohibido a todos aquellos que no han fracasado”, es algo difícil de relatar. Porque sólo alguien que ha fracasado –nos decía- tiene la capacidad de entender la novela de Cervantes; sólo alguien que emprendió algo que falló, pero no dejó de buscarlo, puede ver en Don Quijote algo más que un tipo que “se volvió loco por leer libros de caballería”; y sólo alguien que antepone los ideales que tiene por verdad a “todo lo otro” puede salir a los lugares de La Mancha a “desfacer entuertos” y “defender doncellas”, o en su defecto, estudiar Letras Hispánicas y tratar de hacer algo con el amor que uno les tiene. 

El hombre de la botella verde

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"Oye, tú tienes algo que decirme", grita el hombre de la botella verde a quien se cruza en su camino. La mayoría lo ignora, pero siempre  hay alguien. Alguien que es alguien precisamente porque puede detenerse a escuchar al hombre de la botella verde. Entonces, Alguien pregunta: "¿Qué tengo yo que decirle a usted?". El hombre de la botella verde guarda silencio unos instantes, mira fijamente a Alguien y le susurra "Tú dime.."

Alguien no sabe qué hacer, pero entiende de inmediato -casi como uno de esos destellos internos que son llamados epifanías- que el hombre de la botella verde es extraño y algo más: es raro de una forma distinta, raro entre los raros, inclasificable. Se ha dado cuenta de que aquel que le pregunta está impregnado de algo oscuro, algo que seguro no está consciente de poseer, pero que explota de maravilla; como si, de pronto, sonaran alas batiéndose y demonios carcajeándose. Alguien se siente atraído por el hombre, aunque desea alejarse corriendo del lugar. Lo ve como un límite, como el puente hacia el inalcanzable final del horizonte, lo ama como amigo, lo desea como a un fruto del vacío...

Tras dudar unos segundos, Alguien se decide a preguntarle al hombre por qué lleva en la mano una botella verde. Él la levanta como a un recién nacido, la mira con detenimiento, suspira y dice: "Contiene mis últimas palabras y viaja conmigo. A veces tengo ganas de romperla, porque creo que mis letras están aprisionadas; pero no lo hago porque sé que así no terminan los cuentos. No puedo, simple y sencillamente, terminar con lo que he desencadenado, tiene que hacerlo otro, alguien más. Por eso decidí llevarla al mar, por eso no escribo más". 

Alguien, absorbido por la voz del hombre, desea saber qué tiene que ver una botella con la escritura. Como si leyera su mente, el hombre continúa: "Tiene que ver mucho con mi entendimiento del mundo a través del arte, tiene que ver con el amor (¡sobre todo con el amor!), tiene que ver con mi existencia..." 

De pronto, Alguien, que tiene algo que decir, sale corriendo en busca de una pluma, una hoja y una botella verde... 

Cómo desgarrarse las vestiduras (método garantizado)

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1. Busque varios motivos de tristeza (problemas con su pareja, nostalgia del pasado, fracasos laborales...).

2. Escoja el que más reciente (si lo está experimentando es mejor).

3. Sea esquemático en la selección: mientras más meticuloso más miserable se sentirá.

4. Vincule el motivo de tristeza presente con uno del pasado, recurrente de preferencia. Por ejemplo, si usted está triste porque jamás escuchará un "te amo" de boca de su amado (a), piense en fracasos anteriores: ¿por qué nadie lo ama? 

5. Continúe con las preguntas hacia su ego lastimado: ¿Es usted feo? ¿Está gordo? ¿Es un perdedor imbécil?

6. Escoja la pregunta que más veces se haya echo; puede combinarlas, pero es preferible tener una de cabecera. Si usted seleccionó, por ejemplo, "¿Es porque usted es feo?" asegúrese de comprobarla: vea cada defecto de su cuerpo con atención, compárelo con el cuerpo de todos aquellos que son llamados hermosos: no olvidé las lonjas, la panza, las facciones no occidentales, el color de piel, la estatura... Recorra con la vista cada horror de su cuerpo.

7. Ahora que tiene una de las respuestas, está listo para el siguiente nivel: el fatalismo. Traslade la angustia del presente y el pasado al futuro, a todo el futuro. Repita muchas veces: "Ella no me ama porque soy feo y estúpido... ¡No me amará nunca!" (para aumentar el patetismo puede regresar al paso 6 y compararse con todos aquellos que sí son guapos y sí tienen pareja).

8. Si usted es de los que se siente más infeliz exhibiendo su miseria, vaya al paso 9; de lo contrario, vaya directamente al paso 10. 

9. Es el momento ideal para hablar de la mierda que somos ante nuestros amigos: prenda la computadora, o tome el teléfono. Busque entre sus amigos únicamente a aquellos que sabe que pueden consolarlo por horas.    
Si está en una red social o en un programa de mensajería instantánea, escriba una frase deprimente en dónde todos sus contactos puedan verla. Espere, si nadie le habla, hágalo usted con un tono "normal". Puede  preguntar, por ejemplo, "¿cómo estás?", y cuando su interlocutor responda con una pregunta similar, usted diga "Bien, pero hoy me siento un poco triste". Si usted ha seleccionado al amigo indicado podrá sentirse miserable en la conversación el tiempo que lo desee.

10. Este es el último paso, y el de mayor dificultad. Aquí, usted tiene que sentir tanta aversión que no le bastará con verterla sobre sí mismo: tendrá que trasladarla a absolutamente todo lo que lo rodea. Hay que ser lo más meticuloso posible. Vuelva a los pasos 1 y 2 y tergiverse el motivo de su tristeza. Es momento de trasladarlo a otros lados. Usted tomará conciencia de que su infelicidad no se reduce al hecho de que sea gordo, feo y estúpido; eso no es más que consecuencia de una verdad innegable: el amor es una mierda (!), Pero sí el amor es una mierda, también lo es la pareja, la familia, la sociedad, la cultura, el mundo... Tome cada concepto que usted tenga por verdadero y/o sagrado y deje que se sumerja en su nueva idea deprimente del mundo... 

¡Con estos diez pasos, usted podrá desgarrarse las vestiduras como nunca imaginó!

Nota: si usted es de lo que siempre quieren más y desea agregar un intento de suicidio (o un suicidio de verdad), vea nuestro artículo "Propedéutico del buen suicida".  

Mi suicidio

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¿Y entonces?, ¿me corto las venas?.. Si lo hago en el cuarto seguro ensuciaré mi edredón nuevo. Pero no puedo hacerlo en el baño, ¿cómo permitir que me encuentren en ese lugar húmedo y sin remodelar? Tendrá que ser en la sala. Así, para expiar su culpa me comprará una nueva.

Parece que lo estoy viendo: en cuanto empiece a desangrarme, llamaré por teléfono a la vecina -porque si le grito seguro no escucha- y le suplicaré que le entregué la nota que estará sobre la mesa. Ella me pedirá un número y yo le daré el de él. En cuanto Rodrigo conteste y se entere, irá corriendo al hospital: nos veremos a los ojos y yo juraré que no sabía lo que hacía, que estaba desesperada y sola; le rogaré que me perdone y que no me abandone en ese maldito hospital. Él se dará cuenta de cuánto lo amo, entenderá que sólo me necesita a mí y que soy con quien tiene que estar. Luego será sencillo: me dará flores, nos reconciliaremos, viviremos juntos mientras organizamos la boda, tendremos dos lindos niños... Su familia va a aceptarme, irán a comer en nuestra enorme casa con jardín, y se morirán de la envidia con nuestro carro del año. ¡Sí, será perfecto!

Todos me tendrán lástima, pensarán que no soy más que una loca, pero estarán equivocados, porque tendré lo que quiero a costa de ellos.

Ahora necesito pensar en la nota: debe tener pocas palabras, palabras contundentes y creíbles. ¡Sí, debe ser creíble! ¿Cómo empezar?.. "Rodrigo, lamento llegar a estos extremos, lamento también..." ¡No! Demasiadas lamentaciones, el que tiene que lamentarlo es él... A ver: "Amor mío, quería despedirme de ti; decirte una vez más que te amo desde y para siempre..." ¡Ash! Parece telenovela. Mejor una canción de Corcobado, al fin que ni lo conoce: "Hoy te hecho mucho de menos sin ti no soy nada, a estribor sale el sol y el coñac ya se acaba..."  Se nota mucho la rima... piensa, Sara, piensa... Ya sé:  "Rodrigo, lo cierto es que mi acción no es la mejor. Pero, ¿qué esperabas? Desde que no te tengo mi vida se ha vuelto un sinsentido oscuro. Esto lo hago porque te amo. Sé que podrás perdonarme." Sí, suena bien, sabrá que es culpa suya.

¿Dónde dejé las navajas?.. ¡Aquí están!.. Bien, un par de cortes profundos...

¡Teléfono de mierda! ¿Como que línea o... cu... pa... da...?




El estoicismo, una de mis pasiones.

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Hoy, en mi clase de filosofía, el profesor nos dijo que, para evaluarnos, debemos hacer una exposición en la que digamos al grupo cuál es nuestra pasión. Para evitarnos de problemas, todos estuvimos de acuerdo en que una pasión es “una actividad que al realizarse nos produce placer, que nos mueve a esforzarnos por mantenerla y seguirla; que gozamos compartir;  por la que nos atrevemos  a crear y modificar nuestras actitudes y pensamientos y, con ello, la forma en que nos vemos y desarrollamos; es algo que defendemos y necesitamos para llamar vida a este camino a la muerte”.

Entonces, es más o menos sencillo saber qué es lo que nos provoca esto, aunque no siempre es una sola e inamovible cosa. En mi caso, son tres cosas las que, felizmente, puedo llamar pasiones: las mujeres bonitas, los estudios de género y la filosofía estoica. Cada una tiene su propia razón de ser, aunque se necesita ser estoica para asumir conscientemente el hecho de ser mujer, y se necesita ser lo menos sexista posible para amar lo verdaderamente bello de una mujer hermosa. Después de todo, uno siempre encuentra la forma de interconectar todos sus gustos y disgustos, pasiones, amores y repulsiones en un conjunto que no siempre es armónico, pero casi siempre lo parece.

Hablar de cada una de las pasiones que tengo sería un poco complicado, y daría pie a esa costumbre mía de jamás darle seguimiento a una idea. Por ello, sólo me enfocaré en una, aunque la explicación previa me resulto oportuna y, sobretodo, grata. La pasión más resiente -y necesaria en estos tiempos caóticos de asumirme y aceptarme en la realidad que me tocó vivir- es la filosofía estoica. Lo más seguro es que, si alguien me pregunta, mis nociones de estoicismos estén muy lejos de ser las de un especialista. Sin embargo, más que una cátedra, esta entrada es para compartirles, a través de mis razones, un poquito del maravilloso camino del estoicismo.

Si les gustan los datos biográficos, puedo decirles que la escuela fue fundada por Zenón de Citio; que tiene tres grandes períodos: Estoicismo antiguo, Estoicismo Medio y Estoicismo Imperial, mismos que coinciden con la transculturación de Grecia a Roma. Si quieren algunas características de la escuela, debo mencionarles que su estudio se divide en tres grandes y principales ramas: la Física, la Lógica y la Ética; que es una escuela racionalista, panteísta (Dios está en todas las cosas) y una filosofía de la praxis, que tiene como único fin la felicidad.
Pero si de verdad les interesa la introducción de un especialista, el texto ideal es La filosofía helenística de Alfonso Reyes (FCE, col. Breviarios: 147). Lo que yo quiero es decirles porque me apasiona la filosofía estoica. Como ya sabemos, vivimos en unos tiempos difíciles: todo parece ser dinero, sed de poder, falta de humanidad, injusticia y desesperanza absoluta; esto es  “una mierda”, en dos palabras. Y  aunque hemos comprado en su totalidad la idea de que la filosofía no es más que una inútil abstracción constante, resulta que nace no sólo de cuestionarse o de la trillada etimología del “amor a la sabiduría”, sino de la necesidad de buscar una respuesta ante los conflictos de la vida cotidiana –porque no siempre se trata de “decir lo que todo el mundo sabe con palabras que nadie entiende”. Ya lo dijo Vico: “La filosofía reconoce al hombre tal y como es; si ha caído y es débil, la filosofía debe ayudarlo”. Para mí, no hay una mejor descripción de la filosofía, en este caso de la estoica, porque es justo así como la veo.

Cuando acudo a la filosofía estoica, sé perfectamente que no debo esperar una lectura con la que podré lucirme en un bar con mis amigos intelectuales –en realidad esa es una de las cosas que, según Epicteto, no debemos hacer-, porque la busco, precisamente, para quitarme ese tipo de vicios de encima. Para mí, como para muchos otros, el ideal del sabio estoico está a años luz de realizarse. Sin embargo, y como dice Séneca para defender a la escuela de esta constante crítica, en el camino hacia la virtud –y, por lo tanto, a la felicidad- existe el progreso. Es decir, que si bien la cima está muy lejos no es imposible dar el primer paso. Podemos comenzar por reconsiderar y “suspender” los juicios que hacemos de las cosas, con la finalidad de evitar cualquier prejuicio. Por ejemplo, si alguien decide insultarme, antes de reaccionar violentamente, o de cualquier otra forma, sin pensarlo, es más conveniente ver la acción tal y como está sucediendo, o sea, sin prejuicio alguno. Yo debo entender que lo que esa persona dice no son más que palabras, y que no depende de mí si  las dice o no. Lo que sí depende se mí es el juicio que haga sobre la importancia de dichas palabras, importancia que no existe, pues si las cosas no dependen de mí no tienen porque afectarme.
Entiendo que esta explicación no es muy clara, pero en ella se ve una de las razones por las que la filosofía estoica me es tan necesaria: al ser filosofía de la praxis, exige mucho más que una simple comprensión de lectura y predicación de las posturas: requiere de una disciplina y un reconocimiento constante de los vicios y los errores, que deben ser erradicados. No basta con conocer a todos sus autores, hay que tenerlos por maestros y ejemplos y, de ser posible, hay que actuar como si siempre nos estuvieran viendo.
Seguramente tengo algunas otras razones, pero todas recaen en una: el estoicismo me apasiona y, por lo tanto, me es necesario, porque en él encuentro un camino y un primer paso hacia la felicidad y la adversidad de estos tiempos. Con el estoicismo no me pierdo en mis abismos, por el estoicismo creo en la posibilidad de vivir esta vida. El estoicismo es mi lugar y mi refugio, mi bastón y mi sustento, mi oportunidad y mi escalera.  

EL LOCO Y EL PUENTE

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Hace calor y aún estoy mojado, camino descalzo sobre piedras lisas que me  lastiman. Estoy 

tan solo como un poema de Poe. Continuo, evito algunas espinas y uso mis manos de 

sombrero para burlar a la luz. Me detiene un reflejo estridente, cierro los ojos. Tras un segundo, 

puedo ver y lo hago con temor.

Frente a mí está un puente casi eterno, suspendido sobre un río verdoso, sus ramas me invitan a cruzar y mi cuerpo parece estar de acuerdo, porque no puedo ir en otra dirección. Esto es más fuerte que yo,  de verdad no soy capaz de moverme si no es adelante. Estoy confundido, no recuerdo haber visto nada de esto antes y, sin embargo, por este lago he andado millones de veces. Un escozor de ansiedad me enajena, creo que cruzaré… bien, el primer paso.

Mis pies tiemblan y uno de ellos se queda suspendido, mi sangre se ha enfriado, ya no hablo…
De repente, la lucha entre mi curiosidad y mi paranoia es interrumpida por un berrido y la lágrima de una flauta. Bajo este puente está el rey bufón sometiendo a su única súbdita, la estruja ante la mirada indiferente de las rocas. No necesito ver esto. La pregunta sigue siendo, si cruzare mi puente de demencia y lo que haré será… ¡Oh! No lo sé, de nuevo algo me impide decidir: es el Dios de semen que fornica con el agua para seguir vivo, ella canta para la danza de sus hijos.
Me siento diseccionado; el Big-Bang de mi cabeza no me deja respirar. ¡Suficiente debo actuar ya! El recorrido parece largo, pero ¿qué más da? Cruzaré, lo haré con los ojos cerrados por si caigo a lo infinito.
Se terminó la cuenta regresiva…
Pero… ¿Qué es esto?.. No lo entiendo… ¿Cómo llegue al final de mi puente? ¡Oh incertidumbre! ¿Por qué estoy también del otro lado, tratando de cruzar?